Camino de vuelta a casa, Celeste contemplaba el paso festivo de los vehÃculos militares, tan pacÃfico que incluso los tanques se detenÃan en los semáforos para dejar paso a los coches particulares.
La gente, al verles desfilar asÃ, comenzó a buscar floristerÃas cercanas.
Asà fue, dicen, como aquella mañana del 25 de abril de 1974 los militares y el Pueblo recorrieron las calles de Lisboa en una extraña simbiosis mientras el Presidente Antonio de Oliveira Salazar y sus ministros huÃan en un avión rumbo a Brasil.
La magia sucede, a veces, cuando las únicas bocas que callan son las de los fusiles en esa Revolución, murieron cuatro personas.