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Opinión/ CUANDO JIMENA APLAUDE

Por Josué Díaz

Sucede, puntualmente, cada tarde a las 20.00. Las cuatro personas que somos mi familia salimos al balcón a exhalar las emociones contenidas durante el día. Aplaudimos con vehemencia, con rabia. Sin comprender aún del todo, sumidos en la irrealidad, como si no fueran nuestras manos, como si no fuéramos nosotros viviendo en este tiempo con ecos de otros siglos en el que el bien superior vuelve a ser cuidar la vida.

Mientras aplaudimos, ojeamos rápidamente el microcosmos al que nos ha quedado confinada la bella primavera de Sevilla. Nuestro vecindario es un barrio obrero, familiar y reposado, a salvo del bullicio de la gentrificación. En derredor, aplaudiendo, más mujeres que hombres, más canas que gomina.
Ninguna familia numerosa, algunos universitarios, matrimonios jubilados, tres abuelas viudas. En los balcones de enfrente, geranios en flor, mobiliario de terraza vintage y también de Ikea. Ninguna bandera de España. Abajo, la ciudad, los perros y sus amos afortunados. El olor a azahar asciende vaporoso hasta las alturas. Inspiramos aliviados cuando constatamos que no hay ausencias entre nuestros vecinos. Hoy, incluso la abuelita del sexto se ha desprendido de su bata y luce vestida de domingo, aunque sea ciertamente otro lunes que se repite. Seguimos aplaudiendo, con ilusión, con gratitud, con alivio.

La mirada de todos se detiene en nuestro balcón. Aguardan el momento, como cada tarde. Jimena me sonríe con luz de loca libertad, como lo hace siempre que alguna ocurrencia prohibitiva la posee, irrefrenable. Ella sabe que la garra del grito está en tomar antes una profunda bocanada de aire. Conoce bien el ritual. A su corta edad acumula ya cierta experiencia en activismo de calle. Ha experimentado en carne propia el poder de las palabras lanzadas al aire y la magia expansiva de ciertos himnos universales entonados al unísono por gargantas de aquellos imprescindibles que recorren sin cansancio avenidas kilométricas. Grita irreverente ¡Viva la República!, y arranca su danza.

Entona los estribillos aprendidos en concentraciones y manifestaciones. Los del 8M son sus favoritos. Su madre nos riñe con la mirada, piensa que está fuera de contexto. Los vecinos replican sus cánticos contagiándose de balcón a balcón. Grita ahora por la Tita Ma y por la Tita Luisi, las sanitarias de la familia. Su madre y yo nos miramos con angustia. Aplaudimos con más fuerza, los ojos un punto más vidriosos, y con miedo, mucho miedo.

Jimena sabe que la República es algo muy nuestro –de ella y de su papá-, que nos define y nos brinda cierta complicidad en nuestro contexto socializador. Cuando todo era normal, en las mañanas pre-coronavirus, hemos ido dotando de significado propio a este eterno significante mientras pedaleábamos camino del colegio. Inventábamos cuentos de fenicios mercantes, sabios griegos, conquistadores romanos, obreros en lucha, mujeres libertarias y tumultos de jóvenes por el clima. Ahora, por supuesto, el villano es un virus con corona y las heroínas son guerreras de uniformes blancos, que combaten con mascarillas y ventiladores en lugar de espadas.
A partir de estas historias y sus moralejas hemos ido redescubriendo valores, principios e ideales tan viejos y tan vivos como la amistad, la igualdad, la diversidad, la solidaridad, el amor, la justicia, la esperanza. El último que agregamos fue La Belleza, tras inventarnos un cuento sobre la sabiduría de un hombre delicioso llamado Aute. Le encantó.

En nuestra República, no discutimos aún sobre borbones y banderas. Intentamos poner el acento en el qué y el para qué. En nuestros cuentos, siempre hay una asamblea, un conjunto de personas o animales que se une, traza un plan y trabaja de manera colaborativa para defender los derechos de todos frente a los privilegios y abusos de unos pocos. El colorín colorado puede ser la vuelta al colegio de niños trabajadores semi-esclavizados en fábricas de la India para la comodidad de Occidente, el desembarco a salvo en tierra extranjera de humanos que huyen de una guerra o la preservación de un trozo de la Amazonía por la resistencia de un pueblo milenario. El comieron perdices es siempre la reconciliación como promesa de futuro y triunfo del humanismo frente a la barbarie.

Por ello cuando Jimena aplaude cada tarde invoca nuestra República, porque ha aprendido que con la fuerza de valores universales podremos vencer a cualquier virus, a este que trae una corona y a los otros que hace tiempo nos rondan a caballo, envueltos en banderas y voxciferando himnos y discursos regresivos.

La fuerza del aplauso va menguando. Jimena hace rato que danza. Sabe que la magia de la protesta, lo que hace único este ritual, es convertir el grito y la proclama en una danza. No basta con batir palmas, que hay que saber vibrar con ellas. Desde los balcones vecinos resuenan vivas, algunos graban videos. Ahora estamos con el Vivan las Mujeres y el Todas Somos Iguales. Jimena es pura Alegría y consigue contagiarnos a todos. Pienso que, como en el poema de Benedetti, defendiendo la Alegría ya estamos ganando. Es nuestra forma de honrar a los que este puto virus con corona ya se llevó. Aplaudo emocionado y con unas intensas ganas de vivir.

Dicen que estamos ante un cambio de era, que ya nada será igual, que de esta saldremos siendo otros y que se reordenarán los valores; que tal vez sea el fin de capitalismo como lo conocimos. Por lo pronto, compartimos y nos conjuramos en redes sociales para defender la sanidad pública. Hemos redescubierto el valor de los cuidados y de aquellos sectores sociales de segunda y tercera clase que nos sostienen a todos. Y demostramos una vez más, lo vitales y ejemplares que son las redes de solidaridad comunitarias, que nos socorren por enésima vez cuando los soportes del Estado quiebran.

Mientras esperamos a que el líder mundial de turno proclame el eslogan geopolítico con que encarar el mundo postcoronavirus, emulando a Sarkozy, y los-de-siempre acuerden el nuevo adjetivo edulcorante con el que nombrar al Capitalismo, me pregunto si las tragedias que aún nos quedan por vivir nos mantendrán ciegos e insensibles al dolor ajeno, perdonando y justificando por puro egoísmo y comodidad tanta injusticia e inmoralidad acumulada; me pregunto si seremos lo suficientemente valientes como para asumir la carga de la Historia que habrá de pesar sobre nosotros, individualmente y como colectivo; si en el mundo post-coronavirus conservaremos algo de esta lucidez sobrevenida para analizar con acierto las renuncias y establecer las prioridades imperativas para que nunca más se nos vuelva a invertir la escala de valores; si tendremos la suficiente determinación y fortaleza de espíritu para restablecer la cultura de los DDHH y poner en el centro a la persona y a el planeta. En definitiva, si del individualismo y el egoísmo de nuestros actos cotidianos seremos capaces de saltar al ejercicio de una ciudadanía consciente, deliberativa, solidaria y corresponsable. Aplaudo para mis adentros, con una furia de mil batallas perdidas.

El aplauso se va extinguiendo. Muchos vecinos se retiran. Comienza a llegarnos la melodía del Resistiré desde el balcón de los universitarios. Jimena descansa y me mira fatigada. Me clava sus ojos gigantes y aindiados. Algo va a preguntarme: Papá, cuándo pase el coronavirus qué haremos… No tengo respuesta, no entiendo la pregunta tal vez. Pienso que tocará recuperar nuestras vidas, y me pierdo en un sinfín de rutinas domésticas y laborales que quedaron interrumpidas y a las que me da mucha pereza volver.

¡Ahh, ya sé Papá! -me rescata con su vitalidad-, seguiremos aplaudiendo por la República, para que no haya bebés sin comida, para que todas las niñas de África vayan al cole, para que el coronavirus se vaya a la mierda y no les haga daño a sus abuelitas, para que ya no tengas que trabajar más en otros países… Vuelo un segundo a esos otros países y lugares de ese Sur Global en por el que vivo y trabajo. Siento más miedo y más rabia que nunca por lo que se les viene. ¡Viva la Solidaridad!, grita Jimena atrancándose en la pronunciación a la vez que me lanza un guiño imperfecto. Sabe que es mi valor preferido de nuestra República.

La miro, mis ojos lagrimosos, pensando que ojalá en estos tiempos de respuestas apresuradas tengamos la lucidez de Jimena para hacernos las preguntas adecuadas, tanto tiempo aplazadas, el temple para encontrar las respuestas, y la valentía para asumir los mandatos derivados. Ojalá esta crisis consiga globalizar los valores de la República con que soñamos Jimena y yo. Entonces, me digo con Alegría, tal vez hayamos aprendido algo y seamos al fin más bellos.

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