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Fronteras después de la crisis del coronavirus.

Opinión/Luis Carlos Nieto



Esta semana tendrían que haberse celebrado las jornadas “Derechos Humanos y Migraciones de Motril”, una iniciativa que comenzó hace ya casi 20 años y que todas las primaveras nos convocan en el Centro Asociado de la UNED de Motril, con la intención de abrir un espacio público en el que los derechos humanos se sitúen en el centro del debate sobre las migraciones forzadas.

El programa lo elaboramos de forma artesanal con aportaciones, ideas y pequeños proyectos de muchas personas que trabajan y estudian este fenómeno de movilidad humana tan complejo y trágico provocado por las dos grandes pandemias de la humanidad, el hambre y las guerras.

No contábamos con que este año otra pandemia, esta vez un virus, tendría paralizado buena parte del mundo y no podríamos encontrarnos en Motril en las fechas previstas. Cuando retomemos la convocatoria estaremos en un escenario muy diferente.

Desde el confinamiento por motivo de salud pública en el que nos encontramos queremos compartir unas reflexiones al hilo de lo que teníamos previsto debatir esta semana en Motril. El encuentro de este año quería trasladar nuestra preocupación por la expansión de la (in)cultura de la frontera que está degradando las democracias europeas y la concepción universal de los derechos humanos a través de las políticas de blindaje y cierre de fronteras del continente europeo. Son las devoluciones en caliente en España, los decretos de seguridad de Salvini en Italia, las políticas xenófobas de Hungría, o la supresión del derecho de asilo ahora en Grecia, las que han puesto en crisis las coordenadas jurídicas y éticas esenciales de la comunidad de derechos que debería ser Europa.

Ahora ha aparecido un virus que, para evitar su contagio letal, inmoviliza una gran parte de la población mundial, y que se ceba con nuestros mayores, con nuestros referentes. Cuando pase este periodo de hibernación nada será igual, porque nada es lo mismo después de una catástrofe. En nosotros estará intentar revitalizar la fraternidad, la solidaridad y reforzar el contenido a los derechos humanos, y esta vez más que nunca insistir en su carácter universal, porque los derechos humanos o son de todos o no son derechos. Si son de unos pocos son privilegios.

El aislamiento puede ser una buena situación para reflexionar, nos deja ver nuevos escenarios. El propio concepto de frontera no será el mismo después de esta crisis, pues si en algo hay coincidencia es que esta afectará a toda la humanidad. Un reconocido filósofo del derecho, el italiano Luigi Ferrajoli, en una entrevista reciente en el periódico El País, defiende la necesidad de una “Constitución de la tierra” como única forma sensata para poder hacer frente a este tipo de pandemias y critica que los países de la Unión Europea vayan cada uno por su lado defendiendo una soberanía insensata que priva de mecanismos de defensa frente a crisis globales. Desde ámbitos periodísticos se está insistiendo en el término “conciencia de especie”, concepto sobre el que escribió de forma extensa el profesor Fernández Buey y que puede aportar argumentos sólidos para afrontar una situación nueva. La crisis del coronavirus ha cambiado ya la percepción de las fronteras.

En estos momentos de tragedia, con los sistemas de salud colapsados y la preocupación por los seres queridos, es importante no organizar la respuesta sanitaria, social o económica a la pandemia con lenguaje bélico. La antropóloga Yayo Herrero, que iba a participar este año en las Jornadas de Motril, en un artículo de la Revista “Contexto”, alertaba sobre el inquietante recurso a la metáfora de la guerra que se estaba utilizando para abordar las medidas de lucha contra la crisis sanitaria y habla de los riesgos de este lenguaje bélico, insistiendo en que no estamos ante un guerra sino ante una catástrofe, a la que se debe hacer frente con cuidados, para intentar salvar todas y cada una de las vidas que están en peligro, es decir; lo contrario de un conflicto bélico.

Desde Argentina, el magistrado Guillermo Treacy, que también iba a intervenir esta semana en Motril, nos escribe aislado en Buenos Aires. Duda sobre las consecuencias y la salida de esta crisis, pero nos manda un mensaje en clave optimista, todavía alberga la esperanza de que la tragedia sirva para recapacitar sobre lo que estamos haciendo con el cuidado de nuestro planeta y con nuestros semejantes, y que emerja una sociedad más solidaria.

No sabemos lo que pasará después y por donde saldrá la humanidad, habrá que esperar, pero en ese momento las aportaciones al debate desde las Jornadas de Motril serán necesarias para evitar que la cultura de la frontera triunfe sobre la cultura de los derechos humanos.

Terminamos con el final del programa que anunciaba las Jornadas y que no llegó a imprimirse: “Es preciso evitar la deriva de Europa y reencontrar las coordenadas éticas, políticas, jurídicas y culturales que permitan dirigir su futuro a un escenario inclusivo y respetuoso con los derechos humanos. De este viaje hablaremos en las XVII Jornadas de Motril”.

Luis Carlos Nieto
Coordinador de las “Jornadas Derechos Humanos y Migraciones” de Motril.


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